Por la Dra. Silvia I. N. Vai

El perro y el gato son animales de compañía diferentes entre sí y, en consecuencia, con distintas respuestas a situaciones de la vida diaria; el perro pertenece a una especie social y el gato territorial, por esto es frecuente escuchar que el gato comparte su casa con las personas con las que vive.

A mediados de abril, la cuarentena por COVID-19 cambió de repente nuestra vida y la de ellos, y aún en Argentina la política no termina de resolver cómo y cuándo la recuperaremos.

Hace ya seis meses, y de un día para el otro, aparecieron un mundo nuevo y el miedo a una enfermedad desconocida; cambiaron las usanzas del hogar, las condiciones de trabajo y de recreación, y se obligó a las personas a refugiarse en sus domicilios. Así, el encierro afectó, afecta y afectará a todos, animales humanos y no humanos, pero de manera diferente según las características de la especie y la propia vulnerabilidad y resiliencia.

Al gato le agrada la rutina y la tranquilidad, comer, dormir, arreglarse el pelaje, trepar…, pero su territorio, la casa, comenzó a estar las 24 horas del día invadido, sin horarios y lugares para apartarse y descansar a sus anchas. 

Algunos no disfrutan el exceso de caricias y, aunque deben ser respetados, debieron aceptarlas; otros temerosos a ruidos o situaciones extrañas se vieron inmersos en el bullicio generado por corridas, risas, gritos y juegos de los niños, y su inseguridad los llevó a permanecer varias horas diarias escondidos y sin atreverse a realizar la actividad habitual. 

Antes de abril, algunos se distanciaban del caos de la vida familiar recorriendo el vecindario y gastaban energía observando y explorando los alrededores, y cazando aves, roedores e insectos, pero sus salidas se interrumpieron por temor a que actuaran como transporte de esta enfermedad desconocida.

A diferencia del gato, el perro suele disfrutar estar acompañado siempre que se respeten sus momentos de descanso y que el mensaje, actividades y rutinas sean mantenidos sin muchos cambios. Los gritos de niños durante el juego entre ellos o con el perro, o los juegos de lucha con él, suelen aumentar la excitación y el juego brusco en el que carece de autocontrol, por lo tanto siempre, aunque más con el encierro, debe atenderse toda interacción del niño y el perro para prevenir lesiones; y al mismo tiempo enseñar al niño a relacionarse adecuadamente con él para evitar situaciones que favorezcan sus saltos, rasguños, mordidas.

Hay perros a los que el mayor contacto y concesiones en la casa facilitaron la expresión de agresividad. Otros, que sufren al permanecer solos, la compañía constante aumentó su dependencia facilitando que manifiesten inquietud, ladridos, destructividad, eliminación de orina o heces en lugares no permitidos; también que se lesionen mediante el lamido o rascado, o por buscar escapar cuando las personas se ausentan por períodos variables de tiempo. 

Lamentablemente, estos signos y el exceso de dependencia, frecuentemente expresado con tres palabras –“es mi sombra”– pocas veces induce la consulta con el veterinario, salvo en el caso de quejas de los vecinos por ruidos molestos. Esto no debiera ser así porque el perro está sufriendo y necesita la ayuda del profesional; no hacerlo a tiempo puede llevar a problemas serios en el fututo.

La cuarentena también les cambió la frecuencia y características del paseo, para muchos imprescindible ya que no orinan o defecan en la casa.

Las salidas se redujeron en tiempo y distancia, evitando plazas o parques, haciéndolas en horarios de poca circulación de gente y sin posibilidad de interacción con otros. Esta nueva modalidad dificultó las relaciones sociales necesarias para favorecer la buena convivencia en especies gregarias como la canina, favoreciendo los miedos y la agresión.

Asimismo, durante estos meses se sumaron perros y gatos a la familia. Acerca del adulto proveniente de la calle o refugios, es posible que hayan vivido en forma independiente o sufrido abandono. Es importante darle un poco de tiempo para que se adapte al nuevo hogar, pero con reglas claras, brindándole los recursos necesarios para la especie, evitando siempre los malos tratos que predisponen a temores, ansiedad y agresividad, y si hay malos comportamientos consultar al veterinario o consultor de conducta para resolverlos.

Si es cachorro, estos meses mermaron su posibilidad de socializar con personas y perros, y de habituarse a ruidos y movimientos de la calle (colectivos, motos, vehículos, bicicletas, gentío, grupos de perros). La falta de este aprendizaje temprano también favorece la aparición de miedos y agresividad, por lo que también es importante consultar con el especialista para minimizar los conflictos.

Cuando todo pase y las personas aumenten el tiempo lejos del hogar, la vida del animal de compañía volverá a cambiar drásticamente.

Los gatos pueden verse más relajados al recuperar parte de su espacio y tiempo propios, aunque es importante respetar su repertorio conductual y enriquecer su ambiente. Respecto del perro, la compañía permanente durante meses complicará a aquel muy dependiente. Para minimizar riesgos es importante que durante los días que restan de cuarentena, buscar que esté aislado ciertos momentos del día al mismo tiempo que se le ofrecen actividades lúdicas; también organizar sus horarios de comida, y de paseos y juegos acordes a los que tendrán cuando todo vuelva a lo habitual.

Hay que considerar que durante varios meses fue escaso el movimiento en la vía pública, así aquel perro temeroso en la calle puede resistirse a salir, intentar escapar o mostrar agresividad al colocarle el pretal y correa. Puede salir inquieto y permanecer atento a lo que sucede a su alrededor y manifestar conductas agresivas mediante saltos y tarascones hacia desconocidos, personas o perros. 

Es necesario empezar en horarios tranquilos, y por lugares con poco tránsito y movimiento de personas y consultar al veterinario o especialista en conducta para diseñar cómo hacerlo cuando aún se cuenta con días para permanecer en casa.

En estos meses aumentaron las consultas de clínica, ya que las personas notaron ciertas condiciones en el perro o el gato que les pasaban desapercibidas por estar menos tiempo en casa, y además el exceso de uso de productos irritantes para la limpieza favorecieron muchas lesiones en la piel de los animales.

También el nuevo mundo facilitó la aparición y/o incrementó los problemas de conducta del perro y gato, aumentando las consultas de etología clínica por infecciones urinarias reiteradas y lesiones en la piel, muy relacionadas con situaciones de estrés, por eliminación inadecuada de orina o heces, ingestión de sustancias no alimenticias que provocó el aumento de cirugías para corregir las obstrucciones o heridas del aparato digestivo, por agresiones mediante mordidas y arañazos, y por la mala conducta del perro en el exterior.

El buen comportamiento del animal de compañía es signo de salud física y emocional; si no es equilibrado, evidencia la necesidad de investigar a fondo qué le sucede y actuar lo antes posible para recuperar su bienestar y así el de todo su grupo social.


Silvia I. N. Vai M. V., es especialista en Etología Clínica en Pequeños Animales, CPMV; especialista en Clínica Médica de Pequeños Animales, FCV UBA.