Por Erin Jones, MSc., CPDT-KA, CDBC

Tener un deseo de equilibrio entre la vida y el trabajo es algo con lo que la mayoría de las personas se identifica fácilmente. Estar dentro del mundo académico puede ser un desafío en sí mismo. Agregue trabajo y sus propios perros, y a veces puede ser bastante intimidante.

Esta es mi historia como aspirante a un doctorado, consultora de conducta canina y cuidadora de perros.

Mi historia

Decidí volver a la escuela para mi maestría después de varios años en la industria del comportamiento canino. Casi al mismo tiempo, me diversifiqué por mi cuenta y comencé mi negocio de consultoría de conducta. Pasé toda mi carrera trabajando para un mentor fantástico e increíblemente comprensivo, en una clínica veterinaria en Alberta, Canadá, por lo que por mi cuenta me sentí un poco abrumada.

También tenía una perra llamada Grandma Monday. En ese momento ella era una dama muy anciana que exhibía un grave déficit en sus funciones cognitivas. Su salud en declive fue progresando lentamente durante mis dos años en la escuela, pero requirió mucha atención y cuidados extras. A pesar de esto, también fue relativamente fácil. Dormía mucho y estaba contenta con un Kong, una alfombra olfativa y solo un par de caminatas lentas y moderadas por día. Emocionalmente era agotador y ella me exigía estar en casa mucho más de lo que solía hacerlo.

Cuando estaba pronta a terminar mi tesis, postulé para mi doctorado. La única salvedad era que el programa que quería estaba en Nueva Zelanda. ¡Y todos saben que los perros abuelos no pueden volar! Especialmente a (casi) el lugar más lejano al que podría ir. Entonces, me vi obligada a poner mis esfuerzos académicos en segundo plano mientras esperaba que Grandma Monday viviera sus días. A veces simplemente hacemos los sacrificios necesarios por los que más amamos. Fue horrible y dulce a la vez, y sentí que el día que escogí para despedirme nunca sería el correcto. Y siempre pensaba: ¿Ella estaba lista? ¿Yo estaba lista? O tal vez ninguna de nosotras lo estuvo y nunca lo estaríamos.

Pasaron unos años y aquí estoy, sentada en mi escritorio en Christchurch, Nueva Zelanda. Seis meses después de comenzar mi doctorado, decidí que un nuevo cachorro sería el complemento perfecto para mi vida lo suficientemente agitada. Es curioso, porque el día en que enseñé mi última clase de cachorros en 2016 juré que nunca volvería a tener otro cachorro. Pero allí estaba ella, y aquí está, la pequeña Juno. Nada más y nada menos que una cachorra cruza Terrier. Y lo vale cada segundo.

Equilibrio emocional: por el abismo

Un doctorado toma tiempo, es frustrante y estresante. Al igual que tener un cachorro nuevo. Durante los primeros cuatro, tal vez cinco meses pasé mis días en una montaña rusa emocional entre el amor puro y “¿qué demonios he hecho?”. Juno no era una cachorra muy segura de sí misma y todavía lucha con problemas de ansiedad. Realmente nunca dudé de mi decisión, pero dudaba de mis habilidades como consultora de conducta de vez en cuando. ¿Estaba tomando mi propio consejo? ¿Le estaba dando a esta cachorra todo lo que necesita? ¿Lo que ella quiere? ¿Cómo sé qué es eso realmente? ¿Cómo alguien puede saberlo? No me malinterpreten, sé lo que es importante para el aprendizaje, desarrollar y enriquecer su vida. Y estaba cumpliendo con sus necesidades de conducta. ¿Esperaba demasiado de mí misma?

Las preguntas seguían llegando a medida que profundizaba en mi revisión de la literatura. ¿Cómo va el dicho? Cuanto más aprendes ¿más te das cuenta de que no sabes? Mi investigación analiza la relación perro-humano y cómo estamos afectando la vida de nuestros perros, para bien o para mal. ¡Imagina eso! Realmente estaba viviendo mi propia investigación. Y no puedo decir que Juno y los aspectos personales de mi vida no fueron una gran influencia en cómo construí mis métodos. Me interesa saber cuánto de lo que hacemos y creemos mejora la vida de nuestros perros, como, por ejemplo, el entrenamiento basado en LIMA (menos intrusivo, mínimamente aversivo), y cuánto de nuestra propia conducta y prejuicios inhiben el “perrismo” de nuestros perros. No solo estoy interesada en lo que hacemos, sino también en lo que esperamos debido a las ideas socialmente construidas de lo que hace que un buen perro sea “bueno”.

Siempre me esfuerzo, como profesional y académica, por aprender formas de comprender mejor cómo optimizar el bienestar mental de nuestros compañeros animales no humanos. Fundamentalmente, creo que es un tema que merece más consideración. Debido a nuestro estilo de vida, los perros viven vidas restringidas: detrás de cercas, con correas, en caniles, haciendo elecciones controladas y existiendo en espacios controlados; una dictadura, en cierto sentido. Ciertamente estoy de acuerdo, hay cosas que debemos hacer para mantener a nuestras mascotas seguras y felices a largo plazo, incluso si ellos no lo perciben como lo mejor en este momento. Estamos dotados de tal previsión que podemos proporcionar seguridad y salud a nuestros perros (y tal vez felicidad). ¿Pero qué hay de la verdadera felicidad? ¿Ese sentimiento interno, instintivo y fundamental de satisfacción? No es una palabra que los expertos en conducta elijan usar muy a menudo, ya que eludimos las vidas emocionales inconmensurables de nuestros perros. Sin poder cuantificar la felicidad, es más difícil debatir y precisar.

¿Estamos simplemente pensando en lo que nos sirve más a nosotros? A veces, sí, probablemente. Es lo que la vida moderna nos ha otorgado. Trabajo, horarios, la necesidad de dinero, todas esas tonterías que necesitamos para sobrevivir. Pero eso significa que los perros pasan más tiempo en soledad o con mayores restricciones. Quizás sus caminatas son más cortas. Sé que soy culpable de esto cuando tengo una fecha límite o una clase temprana para enseñar, o cuando estoy trabajando en un documento y también tratando de jugar al tira y afloja con mi mano no diestra, sin ningún esfuerzo o conexión real.

A veces me siento mal. Es difícil ponerse en esta posición. Sé que no estoy sola cuando digo que me siento culpable cuando tengo que dejar a Juno sola en casa. No es frecuente, pero ser una estudiante de doctorado significa reuniones y conferencias en el campus, clases y eventos. Agrega a esto consultas de conducta, la culpa crece exponencialmente.

Creando un plan para el éxito

La investigación requiere estructura. Amerita una organización seria, tanto que a veces se siente caótica. Pero en realidad hay programas que ayudan a organizar el trabajo. Datos, resultados, redacción, fuentes, códigos, notas y tal vez incluso catalogar las lágrimas de frustración. Parece mucho y es abrumador. Es por eso que se han creado programas extensos y probablemente muy caros para ayudar a evitar que se convierta en un entramado enredado.

He aprendido mucho de mi investigación, y mucho de Juno (y Grandma Monday y todos los otros perros antes que ella). También aprendí a organizar mi vida de manera similar y lo que necesito hacer para crear felicidad y equilibrio emocional no solo para mí, sino también para mi cachorra. Para mí es importante tener un buen equilibrio de trabajo/vida. Lo que amo es pasar tiempo con mi cachorra. Me baja a la tierra y me centra. También me da tranquilidad cuando sé que se han satisfecho las necesidades de mi perro.

Es importante recordar que el aprendizaje no tiene que programarse en sesiones. Puede ser parte de algo que a usted y a su perro les encanta hacer, y el aprendizaje ocurre todo el tiempo. Por ejemplo, me encanta ir de excursión y a Juno también. Podemos practicar tantas cosas antes de salir de la casa, en el automóvil, en las pocas horas que estamos de excursión. Hay tantas oportunidades para que yo satisfaga sus necesidades y de enseñarle a que se comunique conmigo, que venga cuando silbo y que pare y espere. O para acomodarse en el auto. O para concentrarse cuando hay distracciones. Podría seguir, porque esas habilidades para la vida son lo importante para que podamos disfrutar juntas de un tiempo de calidad y brindarle la mayor libertad y descompresión posible.

Esta mentalidad también me ha ayudado a comprender mejor a mis clientes. La mayoría de ellos están luchando por equilibrar su vida de la misma manera. Hago sacrificios, pero también priorizo ​mi tiempo. Quiero aprovechar al máximo esas interacciones y quiero que sean divertidas y tengan el mayor impacto tanto para mí como para Juno.

¿Cómo terminé con esta cachorra de 1 año fantásticamente bien educada, amable, valiente, creativa, divertida y segura? Bueno, mucho esfuerzo, por supuesto. Pero ese no es un concepto nuevo para mí. Sé que obtienes lo que pones, en todo en la vida. Y también sé que puedo equilibrar las frustraciones de la investigación con las cosas que amo: Juno y el aire libre son dos cosas más importantes.

Comencé a levantarme a las 5:00 a.m. para poder pasar dos horas caminando y explorando con Juno al aire libre. Sé que no todos pueden hacer esto. Ciertamente requiere disciplina, pero satisfacer sus necesidades antes de las mías es importante para mí. Supongo que satisface mis necesidades tanto como las de ella. ¡Me siento mucho menos culpable por el resto del día! Y no es que tenga mucha vida social con todo lo que implica la vida académica, pero mis actividades extracurriculares básicamente consisten en pasar tiempo con ella. Necesito darle la mejor vida que pueda, porque es extremadamente importante para mí.

Dicho esto, formalmente “entrenarla” en el sentido tradicional ha sido un poco un proyecto paralelo. Necesitaba tomar algunas decisiones. ¿Qué es lo más importante para permitirle tener la mejor vida posible? Quería que ella pudiera relajarse mientras estoy trabajando, tener señales confiables para que tenga tiempo libre sin correa, cooperar cuando le corto las uñas y para trabajar en contracondicionar y desensibilizarla a personas extrañas y sonidos que gatillan su reactividad. Me encantaría pasar tiempo enseñándole todo tipo de trucos divertidos, como caminar entre mis piernas e incluso sentarse (no, honestamente no lo sabe). Pero, ¿es eso realmente lo que ella quiere hacer con su tiempo? Quizás, pero quizás no. ¿Es una prioridad por sobre la diversión que tenemos caminando y jugando? No, realmente no. Entonces, tomé esa decisión ejecutiva por las dos y me gusta pensar que es la correcta para ella y para mí. Me permite equilibrar sus deseos y necesidades con los míos (no es que realmente desee trabajar en investigación más que pasar tiempo con ella).

Amo mi trabajo. Amo a mi perra. Mi perra es realmente una gran influencia en mi trabajo, y sin ella mi trabajo no tendría el mismo corazón y alma que tiene. Pude encontrar una manera de tomar algo que amo, algo en lo que trabajo en mi vida diaria y convertirlo en mucho más que investigación o aplicación práctica. Estoy tan inmersa en perros; ¡soy realmente la persona más afortunada que conozco!


Erin Jones es aspirante a un doctorado en la Universidad de Canterbury. Es Consultora Certificada de Conducta Canina (IAABC), Entrenadora Canina Profesional Certificada – Evaluada por Conocimiento (CPDT-KA), consultora acreditada de conducta en Companion Animals New Zealand y miembro del comité de la Asociación de Entrenadores de Mascotas de Nueva Zelanda. Además, trabaja como parte del equipo de Educación en la IAABC.

(Traducido por Manuel Tenchio, IAABC Español)