por Pierinna Isis Tenchio

Fotos: Debbie Pilley-Bianchi

En un mundo donde el ser humano se ha mantenido como la criatura pensante y superior, afortunadamente somos muchos los que estamos convencidos de que los perros, verdaderos compañeros de vida, poseen capacidades cognitivas tan sofisticadas como jamás imaginamos y durante miles de años subestimamos. Actualmente son cada vez más los estudios que lo confirman, pero además ha habido increíbles demostraciones de esa inteligencia tan elevada. Esta es una de esas historias, y a través de IAABC Journal tengo el privilegio de contárselas.

Para quienes amamos los perros, introducir un nuevo cachorro en la familia es emocionante siempre. La ternura de su mirada, la locura de sus travesuras, esa lengüita áspera y el aliento tan particular, más otras cuestiones ineludibles tales como el trabajo de educación tan necesario para que aprendan a usar el baño, conforman un combo incomparable. 

Pues así era Chaser, la cachorra de Border Collie que llegó como regalo de Navidad para el profesor emérito en Psicología del Comportamiento, John Pilley, en Carolina del Sur, EE.UU. Desde muy pequeña, Chaser comenzó a demostrar sus sorprendentes habilidades cognitivas. Paulatinamente, con la guía y el entrenamiento constante del profesor Pilley llegó a aprender el significado de 1.022 palabras –entre sustantivos y verbos-, cuando un perro considerado de elevado nivel de inteligencia aprende alrededor de un centenar. Así, Chaser logró convertirse en “el perro más inteligente del mundo”, como seguramente será recordada. 

El profesor Pilley falleció en 2018, pero tuve la oportunidad de entrevistar a su hija, Debbie Pilley-Bianchi, quien con la colaboración de su madre y su hermana ha continuado con este valioso legado. 

Un regalo de amor

Según el mismo profesor narraba en uno de los videos que acompañan este artículo, cuando tenía 75 años y ya había decidido no hacer lugar a más perros en su vida –pues había sufrido mucho la partida de su querida perra Yasha– en vísperas de Navidad su esposa Sally le dijo: “vas a tener otro perro”.

“Y ahí fue donde empezó todo esto. Tuvimos a Chaser por algunas semanas antes de darle su nombre. Y como todo lo que se movía lo quería atrapar, la llamamos Chaser (en inglés: la que caza, la que persigue). Con el tiempo entendí que la mayor recompensa para Chaser era el juego, no la comida”, explicaba, destacando que sus instintos jugaban un papel fundamental en el proceso.

El camino para Chaser

Respecto a las razones que llevaron al profesor Pilley a comenzar el entrenamiento de Chaser, a dedicar tiempo cada día a “trabajar” (en realidad eran momentos de diversión para ambos) con ella, Debbie –quien prefiere que la llamemos Pill—comenta que “tuvieron mucho que ver sus perros anteriores, especialmente Yasha, una cruza de Border Collie y Pastor Alemán, extremadamente inteligente y con un espíritu audaz y una pasión indomable por acompañarlo en aventuras al aire libre, tales como escalar rocas y surfear en ríos de aguas rápidas”.

Explicó que su padre “comenzó su carrera experimental en psicología del comportamiento en Wofford College en Spartanburg, Carolina del Sur, con ratas y palomas”, pues se especializaba en cognición animal. “Pero fue Yasha quien lo inspiró a dedicarse a los perros a finales de los años setenta, lo cual, por supuesto, era mucho más divertido para sus estudiantes y para él”. 

“Yasha podía aprender conductas a la velocidad de un rayo, por lo que mi padre estaba convencido que su inteligencia resaltaría en sus estudios. Su meta era enseñar a los perros los nombres de objetos, y mientras resultaba exitosa su enseñanza de conductas complejas, tales como tirar de una silla con una cuerda por sobre la mesa o saltar y encender la luz, lamentablemente no obtenía buenos resultados al intentar enseñarle a Yasha y otros perros esa variante en el lenguaje (introduciendo sustantivos). Así estuvo durante unos diez años”. 

“Intentó enseñarles los nombres de objetos comunes y hogareños tales como un periódico, un libro, un calcetín. Pero parecía que tanto Yasha como los otros perros eran incapaces de captar los nombres independientemente de una acción. Por ejemplo, si le decía a Yasha que trajera el periódico en la mañana, ella corría hacia la puerta casi antes de que él terminara la frase. Sin embargo, una vez que el periódico estaba dentro de la casa y le pedía que lo tomara, la perra se confundía. No podía identificar el periódico sin asociarlo con la acción de ir a buscarlo al patio. De ahí que la investigación y prueba formal llevadas adelante por mi padre concluyeran que los perros no eran capaces de aprender nombres de objetos independientemente de las acciones vinculadas con ellos”, contó.

Escuchar la tradición

 “Tras jubilarse, se volvió un poco obsesivo con las competencias de pastoreo con Border Collie. Una noche, en torno a una hoguera con un grupo de pastores y sus perros, John comentó: ‘la ciencia nos dice que sus perros no saben siquiera sus nombres, que es solamente una señal de atención, pues no pueden aprender nombres propios’. La respuesta fue en principio un manto de silencio y ceños fruncidos, hasta que luego de incómodos momentos, uno de los granjeros espetó: ‘Me gustaría que usted y los otros científicos que han investigado esto pudieran explicarme algo. Si Rascal, aquí –señaló con la cabeza al más oscuro de sus Border Collie, que descansaba a sus pies–, no entiende palabras o nombres, ¿cómo puede ser que cuando le pido que separe a las ovejas del rebaño por su nombre, lo haga sin equivocarse nunca?’”

Según Pill, eso fue un punto de quiebre para su padre, quien se dio cuenta de que los métodos empleados en su anterior investigación eran totalmente erróneos. Tenía que empezar a escuchar a la gente que trabajaba con perros a la usanza tradicional. ¿Qué hacían ellos que él no? Y así comenzó a gestarse el plan de juego que posteriormente implementó con Chaser. Durante siglos, los Border Collie han sido criados para fijar sus ojos en las ovejas y sus oídos en el pastor. Entonces John usaría así sus innatas habilidades y sus instintos para enseñarle los nombres de los objetos. Su rebaño de ovejas sería su conjunto de juguetes.

Chaser y sus mil juguetes

Con evidente ternura, Pill describe a Chaser como “encantadora y manipuladora”. Cuenta que le gustaba la gente y no se llevaba muy bien con otros perros o con gatos. Si bien era amable y los toleraba, al pasar los años ya no tenía tanta paciencia. “No le gustaba mucho que la tocaran, salvo que ella lo quisiera, pero también había que jugar con ella. Por eso adoraba a los niños, pues ¡qué mejores compañeros de juegos podría encontrar!”.

“Un día, sentadas a la mesa con mi madre, descubrimos que Chaser sabía los nombres de todos los perros del vecindario. Mi madre dijo que no la sacaría a su habitual caminata nocturna porque el vecino estaba cuidando a un pequeño perro llamado Casey, que a Chaser no le caía muy bien. De la nada, Chaser apareció gruñendo junto a la mesa. Sorprendidas y extrañadas, le preguntamos: ‘¿Qué pasa, Chaser? ¿No te gusta Casey?’ Chaser saltó hacia atrás, sacudiendo su cabeza y gruñendo. No podíamos dejar de reírnos y le preguntamos de nuevo. Ahí ladró (ella nunca ladraba). Decidimos probarla y comenzamos a preguntarle sobre otros perros y personas del vecindario”, relató.

“Así, le fuimos preguntando: ‘¿Y qué hay de Fafner?’ Chaser se quedó inmóvil mirándonos, moviendo la cola, sin reaccionar. ‘¿Y Holly?’, algunos grrrrrs (Holly era un pequeño perro molesto pero inofensivo). ‘¿Y Billy?’, gruñidos de bajo tono (Billy era uno de mis gatos que siempre se prendía de su cola). ‘¿Y Dixie?’, gruñidos y sacudidas de cabeza (era un gran perro colorado que vivía en la casa contigua).” 

Luego pudieron comprobar que “Chaser no solo distinguía nombres sino también lugares, “pues le encantaba salir, pero no movía una pata hasta que le dijéramos a qué lugar íbamos. Si íbamos al mercado, se echaría tranquila en el asiento trasero, porque sabía que debía esperar en el auto. Si íbamos a Wofford, a lo de Nora o a lo de Wayne, iría sacando la cabeza por la ventanilla.” 

“A los 5 meses de edad, Chaser comenzó a darse cuenta de que los objetos tenían nombres. Cuando mi padre sostenía un juguete y le decía: ‘Esto es (nombre del juguete)’, se establecía una conexión en su cerebro que equiparaba el nombre del objeto con el objeto. Y su aprendizaje se aceleró, podía aprender palabras nuevas en un solo intento. Por supuesto que llevaba cierto ensayo para que las retuviera a largo plazo, como sucede con los humanos, pero las compuertas se abrieron tan pronto como ella se dio cuenta de que las palabras tenían significado.”  

¿Por qué palabras?

¿Y por qué enseñarle el lenguaje humano? En un entorno en el que usualmente se instruye con señales manuales antes que verbales –ciertos estudios comprobaron que la respuesta es mayor a los signos que a las vocalizaciones– y se premian con comida las buenas conductas, el profesor Pilley usaba palabras y juego, antes que todo lo demás. 

Ante esto, su hija nos aclaró: “si volvemos a lo tradicional, veremos que los granjeros siempre han utilizado su voz para comunicarse con sus Border Collie, aún a la distancia. Sus comandos son únicos y emitidos en un tono particular, de manera que si los perros pueden descifrar y reconocer estas vocalizaciones eso es pura y simple evidencia de que son capaces de entender las variables del sonido y están escuchando todo el tiempo. Bastante evidencia anecdótica existe popularmente, respecto a que los perros entienden ciertas palabras como ‘pasear’, ‘baño’, ‘vamos’ o ‘veterinario’. Si el significado de tales expresiones tiene valor, puedes estar segura de que recordarán equiparar esas palabras con la experiencia que representan. Lo mismo le pasa a los humanos.”

“Enseñar el lenguaje humano al perro tiene varias explicaciones, científicamente hablando. Desde el punto de vista social, la respuesta es simple: la comunicación es clave en cualquier relación. Los humanos usamos todo tipo de comunicación a diario, verbal, visual, técnica, etcétera, lo cual nos ayuda a estrechar vínculos y a mejorar nuestro mutuo entendimiento. Lo mismo sucede entre el hombre y el perro”, reflexionó, para agregar que no debemos olvidar que “al aprender cualquier lenguaje, se requiere tiempo y paciencia. Los humanos queremos que nuestros perros traigan sabidas cosas que nosotros aún no aprendimos. Debemos darnos cuenta de que se necesita mucho ensayo y repeticiones para aprender algo. Miren a los atletas, músicos, abogados, doctores y, sí, los entrenadores caninos. ¿Por qué debería ser diferente con nuestros animales?”

Cuestión familiar

“En mi familia siempre creímos que todas las formas de comunicación debían ser utilizadas. Chaser aprendió con comandos verbales y gestuales, los que se convirtieron en valiosos recursos cuando comenzó a perder un poco la audición a causa de la edad. En su entrenamiento más avanzado, mi padre usó la imitación con comandos verbales y visuales. Ella era capaz de ejecutar conductas inmensamente complejas en solo un intento, y mantenerlos en su memoria a corto plazo”, valoró con orgullo.

Ya lo decía el propio profesor Pilley, respecto de lo que había logrado Chaser: “Esto cambia los paradigmas, la forma en que Chaser ha aprendido los nombres de más de mil objetos por la vía de la exclusión. Este tipo de descubrimientos muestra, definitivamente, que todos los animales, especialmente los perros, no son máquinas con sangre. Experimentan emociones, tienen procesos mentales. El discurso ahora es diferente porque confirma lo que los amantes de los perros siempre hemos sabido: los perros son mucho más inteligentes de lo que pensamos.” 

“El método Chaser” en acción

El profesor Pilley fue capaz de despertar el genio en Chaser, pues usó su afinidad con las palabras y su pasión por pastorear como punto de partida para enseñarle el lenguaje humano. Aprovechó sus instintos naturales y sus habilidades innatas para motivarla.

El profesor Pilley fue capaz de despertar el genio en Chaser, pues usó su afinidad con las palabras y su pasión por pastorear como punto de partida para enseñarle el lenguaje humano. Aprovechó sus instintos naturales y sus habilidades innatas para motivarla.

Así nació “el método Chaser”, en el cual Pilley recopiló todos los procesos que lo llevaron a lograr tales maravillas, con el apoyo de su familia y de estudiantes del Wofford College, aunque él mismo dedicaba 5 horas diarias a enseñarle a Chaser, siempre a través del juego. Repartía el aprendizaje en sesiones separadas durante el día, consistentemente, y centrándose en enseñarle conceptos antes que conductas. Consideraba que aprender un concepto es más valioso que 100 conductas, porque eso invita al perro a resolver problemas.

Los estudios llevados adelante por el profesor Pilley y su equipo a este respecto fueron publicados y están disponibles a través de Science Direct aquí:

Border collie comprehends sentences containing a prepositional object, verb, and direct object

Border collie comprehends object names as verbal referents

“Creer en el estudiante”

“También era partidario de aplicar el aprendizaje libre de errores, es decir, presentar una situación que sea tan sencilla que no haya posibilidad de que el perro se equivoque. Los perros son muy sensibles al fracaso, por lo tanto si veía que ella estaba por cometer un error, la llamaba y replanteaba el método o retrocedía un paso en el proceso”, explicó Pill, resaltando que “su filosofía era que el maestro debe creer que el estudiante puede aprender, y si el aprendizaje no ocurre, entonces debemos cambiar los métodos.” 

Según explicó Pill, si algo no le interesaba o no le gustaba a Chaser, su padre buscaba otra forma. “La desafiaba, pero jamás la forzaba a hacer algo que ella no quisiera.”

“Lo que la gente no sabe es que Chaser no era una perra obediente. Por supuesto que sabía algunos comandos de obediencia, pues fue lo primero que mi padre le enseñó, pero él estaba convencido de que la obediencia solo debía ser usada por motivos de seguridad y no como la meta de la relación que esperamos tener con nuestro perro. La obediencia no es una base saludable en ninguna relación.”

Hace un par de meses, a los 15 años de edad, a Chaser le crecieron alas y partió de este mundo. Y esta vez, se invirtieron los roles, pues era John quien la esperaba en el puente Arcoíris, para seguir divirtiéndose y aprendiendo juntos uno del otro, eternamente. Porque la historia no termina aquí.


Pierinna Isis Tenchio es Máster en Sicología Clínica y Educativa Canina y auxiliar veterinario certificada en primeros auxilios. Actualmente cumple funciones como voluntaria y jefa de Traducciones en la División Español de la IAABC, siendo también miembro de la APDT. Es periodista, correctora y traductora profesional, así como jefa de Redacción de Diario El Telégrafo, Uruguay.