por Uli Grodeke, CDBC

Santiago de Chile, diciembre de 2017

¡Vaya noticia! Cuando la APDT Chile (Asociación de Entrenadores Caninos Profesionales de Chile) anunció su intención de formar parte de la IAABC (Asociación Internacional de Consultores de Conducta Animal) y de ofrecer un congreso sobre técnicas de manejo con Trish McMillan Loehr y Michael Shikashio en Santiago de Chile, me puse todo oídos: la presencia de la IAABC aquí en Sudamérica es definitivamente interesante para mí. Y estos son los motivos:

Soy entrenadora canina certificada y he estado trabajando como consultora de conducta canina desde los años 90, primero en Alemania, después también en Chile. Pero, creo que para que se entienda mejor mi punto de vista como consultora de conducta en Chile, debemos echar una mirada unos años atrás…

Cuando llegué a Santiago, en 1999, casi nadie sacaba a pasear a su perro – sin embargo, en CADA jardín de casa particular vivía por lo menos un perro. Con nuestros dos perros viejos, mi marido y yo nos mudamos a una casa en un barrio tranquilo y bien desarrollado de Santiago y – por supuesto – los sacamos a pasear dos veces por día tal como lo habíamos estado haciendo desde siempre. Sorprendentemente, nunca nos topamos con otros perros con sus dueños o que nos generaran la impresión de ser supervisados por alguien. Afortunadamente, nuestros dos perros estaban sumamente bien socializados, con y sin correa, así que no teníamos problemas de agresión en los encuentros con uno u otro perro callejero. Así se dio que todos nuestros vecinos nos conocieron de vista (los “gringos” raros con sus perros), pero nosotros, los “gringos”, no conocíamos a nadie.

Pronto aprendimos que aquí existían dos “especies” de perros: las mascotas que vivían en departamento y que generalmente hacían sus necesidades en el balcón, y los perros de patio – si tienes casa, tienes que tener un perro en el jardín de adelante. ¿Por qué? Bueno, todavía no lo sé, y hasta ahora nadie me lo ha podido explicar. Y he preguntado, de verdad. Supongo que simplemente era por tradición, y todavía lo es.  Para nosotros, no obstante, esto era muy raro, debido a que en Alemania, estos perros se habrían muerto de frío durante el invierno o la sociedad protectora de animales alemana se habría metido, multando a los dueños por permitir a sus perros que ladraran fuera del horario de oficina. Otros países, otras culturas, otras reglas. Así que tuvimos que acostumbrarnos a estos perros, lanzándose contra las rejas, corriendo en círculos como locos, ladrando y saltando detrás de los portones al vernos pasar. Nuestros perros, de hecho, se acostumbraron más rápido que yo. Después de dieciocho años, todavía lo odio.

Mis amigos me contaron sus miles de “historias perrunas” y me preguntaba cuántos perros uno es capaz de tener hasta la edad de 30. Pero, entonces también conocí los dramas: del perro que murió atropellado y que tuvo que ser sacrificado, del perro que salió por el portón y no regresó, del perro que enfermó y simplemente murió, del perro que rayó el auto y mordió las llantas en el patio así que fue reemplazado por otro, del estúpido perro que murió por saltar de la camioneta, del cachorro que de alguna forma terminó siendo lavado a máquina y de otras pesadillas más. En mi barrio, fui testigo que unos perros quedaban solos en el patio durante una o dos semanas con un saco de comida, que aquellos perros que escaparon no fueron realmente echados de menos, y que cuando tener perros resultaba incómodo, especialmente durante las vacaciones de verano, se les abría la reja, dejándolos libres – reemplazándolos por un nuevo cachorro en otoño. Sé que probablemente les estoy pisando los pies a mucha gente, en este momento, pero estas experiencias realmente me chocaron, recién llegada de Múnich, una ciudad que es un cielo para perros (no tan así para sus dueños). En Alemania existen reglas bastante estrictas sobre el bienestar animal y de mascotas; no hay perros callejeros o vagos, y los perros que por algún motivo no tienen dueños, viven en refugios esperando ser adoptados.

Las consecuencias de lo vivido fueron, por un lado, que adoptamos a dos hermosos perros que encontramos en la calle (que con absoluta claridad habían sido la mascota de alguien en algún momento) y, por otro lado, que entendí que, en aquel momento, en 1999, no había ámbito laboral para una consultora de conducta en Santiago. Los problemas con perros fueron resueltos abriendo el portón y reemplazándolo por otro.

Pero, y esto es importante, durante los siguientes cinco años, las cosas cambiaban con gran velocidad: la gente empezaba a tener a perros como acompañante y el bienestar de las mascotas se convertía en un tema público. Los primeros parques caninos encercados abrían sus puertas y se encontraban dispensadores de bolsitas para los deshechos en áreas públicas. Aparecían cada vez más clínicas veterinarias, peluquerías, hoteles caninos y adiestradores en Santiago, y estoy segura que ahora, el resto de nuestro largo y fascinante país está siguiendo esta misma corriente.

Así que, después de algunos años de “hibernación profesional”, encontré que era el momento para volver a mi pasión: ser intérprete entre personas y sus mascotas. Rápidamente tuve clientes, algunos veterinarios me recomendaban, pero no era fácil encontrar en contacto con otros entrenadores caninos, ni hablar de consultores de conducta. Poco a poco, conocí y me hice amiga de algunos entrenadores en seminarios y a través de las redes sociales. Los entrenadores tradicionales, generalmente ex carabineros que ofrecían el así llamado “adiestramiento alemán” y que meten a varios perros en su camioneta para enseñarles modales en algún lugar remoto, contrastaban con los pocos entrenadores que trabajaban con clicker, mayormente jóvenes que habían aprendido esta técnica en Bocalán Confiar (una fundación de perros de servicio a cargo de profesionales altamente calificados que también ofrece capacitación al público). ¡Me encontraba en medio del mismo choque cultural que había vivido en Alemania en los años 80 y 90!

Desde un punto de vista profesional, como consultora de conducta, con toda mi experiencia práctica, enfoque científico, diferentes técnicas y soluciones de manejo, todavía me sentía aislada, pero de trabajo no me faltaba. En 2014 se fundó la APDT Chile, a la cual me asocié, y organizó su primer congreso que yo apreciaba de verdad: por fin, varios entrenadores y expertos en conducta internacionalmente reconocidos venían a Santiago – y yo no tenía que viajar a Europa o Norteamérica para seguir capacitándome. Más o menos al mismo tiempo, me enteré de que existía la ASECVECH (Asociación de Etología Clínica Veterinaria de Chile) y que, en Chile, supuestamente solo los médicos veterinarios con un master en etología clínica pueden atender problemas conductuales. Sea como sea, postulé a ser socia y felizmente fui aceptada como socia no veterinaria. Por fin, encontré un grupo de profesionales con quién discutir distintos casos. Aun así, no soy médico veterinario, por supuesto.

Ahora, cuando la IAABC apareció en el horizonte con su congreso y seminario arriba mencionado, los participantes éramos una mezcla rara de gente “perruna”, miembros de APDT y ASECVECH, entrenadores tradicionales y actualizados, animalistas, veterinarios, criadores y dueños de perros – una mezcla extraña de diferentes generaciones, diferentes opiniones, de diferentes niveles de capacitación y experiencias – observándonos mutuamente de reojo. No se qué impresión le causamos a Marjie Alonso, Trish y Mike cuando nos conocieron, pero, me imagino, que nos entendieron: somos humanos. Nos cuesta compartir conocimientos, ni hablar de clientes, no confiamos en personas y cosas desconocidas. Sí, puede que estemos una década o dos atrasados en nuestro desarrollo profesional, debido a nuestra posición geográfica en “el fin del mundo” y debido al desarrollo general de Chile. Y es cierto, cuando vives en este hermoso país, todo queda tan, pero tan lejos.

En resumen: siento que es el momento perfecto para formar una división en español de la IAABC. Para aquellos que están realmente interesados en la conducta animal será una oportunidad de actualizar sus conocimientos, de aprender más y de certificarse en distintas categorías. Espero que la IAABC pueda ser la institución independiente que ofrece apoyo imparcial y reconocimiento a todos los que queremos ser cada vez mejores profesionales.