En defensa de los caballos

Escrito por Irene Perrett

Revisado por expertos

Resumen: Los caballos sufren cuando son incomprendidos y vistos como herramientas para satisfacer las necesidades humanas. Estos sensibles animales están condenados al dolor y al miedo porque los humanos que los rodean no han desarrollado una relación con ellos basada en la comprensión y compasión. Este artículo propone estrategias para ser mejores defensores de los caballos en nuestros entornos.


Las pruebas de equitación del pentatlón moderno de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 fueron un espectáculo incómodo para muchos de nosotros, que observamos a los caballos mostrando signos muy evidentes de malestar y angustia física, emocional y psicológica. Estos acontecimientos dieron lugar a diversas interrogantes fundamentales sobre la relación entre el caballo y el ser humano, que creo que deben ser analizadas y debatidas. Inmediatamente después de las competencias, hubo una serie de preguntas sobre el bienestar equino en el deporte, desde informes de prensa sobre caballos rebeldes que arruinaron las posibilidades de éxito de los competidores, hasta el cuestionamiento de la ética del uso de equinos para el deporte y el entretenimiento. Las cuestiones éticas sobre el uso de los animales son fundamentales en nuestra continua reevaluación de la relación hombre-animal.

Con demasiada frecuencia nos atrincheramos en creencias que nos aferran a una posición que, si se cuestiona, puede abrir una Caja de Pandora de conceptos difíciles que nos hacen cuestionar nuestro impacto en el mundo y cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás. La tradición y la cultura influyen enormemente en lo que creemos. Si queremos reevaluar y cambiar nuestra forma de pensar, no podemos limitarnos a soltar las viejas creencias y dejar un vacío. Hay que acceder a nuevas formas de pensar para mantener el cambio. Esto es válido para cada uno de nosotros a nivel personal, así como para la industria equina en su conjunto.

Afortunadamente, cada vez sabemos más y comprendemos mejor cómo se comunican los animales no humanos con sus congéneres y con los humanos. Los esclarecedores estudios etológicos de Carl Safina, Jonathan Balcombe, Marc Bekoff y, por supuesto, Jane Goodall, entre muchos otros, hacen que el mundo de las especies no humanas sea accesible a un público más amplio. Podríamos imaginar que es fácil identificar y comprender los comportamientos de los animales con los que convivimos. Al fin y al cabo, llevamos milenios conviviendo con varias especies domesticadas, como el Equus caballus. De hecho, la primera evidencia probada de la domesticación de los equinos fue hace 6.000 años.

Proceso adaptativo

Sin embargo, como los entornos en los que actualmente viven los caballos suelen estar muy alejados de los de sus antepasados, muchas de sus conductas se han adaptado de forma que les permitan comunicarse y desenvolverse en el mundo moderno. Si tenemos alguna esperanza lógica de comprender mejor los comportamientos de los equinos, primero tenemos que estudiar cómo viven y se comunican juntos con mínima intervención humana. Un buen punto de partida es el trabajo de Lucy Rees, que lleva toda una vida estudiando los comportamientos de los caballos en entornos que les permiten vivir con una mínima intervención humana, y sus evaluaciones de otros estudios etológicos similares.1 Una vez que comprendamos el desarrollo y la presentación de los comportamientos equinos en este contexto, podremos interpretar mejor los comportamientos de los caballos en cautiverio. Sin embargo, es fundamental recordar que los animales de una determinada especie que viven en cautiverio pueden tener presiones y motivaciones diferentes a las de los de su misma especie en entornos naturales, una lección aprendida de las ideas erróneas desarrolladas al observar los comportamientos de los lobos cautivos.2

Las falacias asociadas a la conducta equina pueden influir en la percepción del público. El antropomorfismo puede provocar una interpretación errónea de las conductas para mantener la «objetividad» o suponer que el comportamiento está provocado por una motivación de tipo humano. Si queremos entender al caballo por lo que es, tenemos que comprender por qué se comporta como lo hace. El cerebro equino ha evolucionado para discriminar entre el peligro y la seguridad; sin embargo, funciona de forma diferente al cerebro humano en algunos aspectos, como cabría esperar.

A lo largo de la evolución, las presiones del entorno han provocado cambios en el cerebro y las estructuras asociadas. A medida que los caballos desarrollaban su tamaño y realizaban interacciones sociales más complejas, sus cerebros también aumentaron en tamaño y complejidad. La información de los sentidos viaja desde los receptores sensoriales directamente al área de control motor en la corteza cerebral. El caballo está programado para conectar la percepción directamente con la acción, mientras que el cerebro humano suele enviar la información de los receptores sensoriales a la corteza prefrontal para su análisis y evaluación antes de decidir si pasa los mensajes a la corteza motriz.3

El caballo no tiene un área prefrontal del cerebro; sin embargo, es posible que otras áreas produzcan alguna forma de procesamiento similar, aunque por el momento no lo sabemos. Por lo tanto, el caballo reacciona inconscientemente a algunos estímulos. Se trata de instintos innatos, como huir de un peligro percibido o evitar un olor desconocido. La sensibilidad del caballo al entorno también se extiende a la sensibilidad dentro de un grupo, tanto en la interacción social como en la respuesta al peligro. La vida social conduce a un mayor bienestar y a la protección contra riesgos. Dado que la respuesta innata del caballo es distanciarse del peligro, estar aislado, restringido o confinado puede aumentar significativamente los niveles de estrés.

Ética

Teniendo esto en cuenta, sacar a un caballo de su entorno familiar y pedirle que establezca una relación de confianza plantea cuestiones éticas:

–¿Debemos montar a caballo? Esta es la pregunta fundamental que sustenta un aspecto importante de la relación equino-humana. Si nos referimos a cómo vive el caballo con una mínima interferencia humana, ¿qué añadimos a la calidad de vida del caballo al entrenarlo para que acepte a un jinete y cumpla los criterios exigidos?

–¿Deben utilizarse los caballos para el entretenimiento? ¿Lucramos con el caballo al utilizarlo como vehículo para el deporte o el entretenimiento? ¿Es esto diferente de las expectativas puestas en un atleta humano? ¿El grado de confianza en la relación humano-equino da peso al argumento en un sentido u otro?

–¿Podemos cambiar la ética que rodea a los caballos en el deporte (creando relaciones en lugar de basarse en un programa)? ¿Cómo podemos crear una ética centrada en el caballo para el atleta equino?

–¿Cómo puede reconocerse y abarcarse una mejor comprensión de la comunicación y las necesidades de otros animales sintientes dentro de la industria equina y por el público en general? Los sentimientos del caballo generan sus conductas. ¿Cómo podemos promover que se reconozcan las necesidades emocionales del caballo?

–¿Podemos crear un entorno más centrado en el caballo cuando le pedimos que cumpla nuestras expectativas? En otras palabras, ¿cómo podemos conseguir que el caballo se sienta relajado y sea capaz de adaptarse a las presiones del entorno sin aumentar los niveles de estrés o tensión más allá de una norma adaptativa? ¿Podemos aprovechar sus puntos fuertes naturales sin comprometer sus diferencias fisiológicas?

–¿Cómo pueden abordarse los problemas particulares identificados en el pentatlón moderno y en el deporte de competencia en general?

Hay muchas más preguntas por hacer, pero cuestionar la forma en que consideramos la relación entre el hombre y el caballo nos hará ir más allá de un simple paradigma de bienestar.

Dinámica de las relaciones

“Lo contrario del amor no es el odio; su contrario es la indiferencia».

Esta es una cita de Freud expresada por el Premio Nobel y superviviente de un campo de concentración, Elie Wiesel. La indiferencia adopta varias formas, pero equivale a la elección de un individuo, sean cuales sean sus razones, de no comprometerse empáticamente sino de adoptar un punto de vista apático o distante. El sociólogo histórico Norbert Elias sugirió que, en lugar de desactivar los mecanismos que impiden las acciones inmorales, partimos de un estado de apatía y tenemos que aprender a comprometernos moralmente.4

Contrarrestar la indiferencia es complejo. Adoptar una postura humanitaria va más allá del animal humano, pero, como hemos visto con los recientes sucesos en Afganistán, puede causar polarización cuando los seres humanos otorgan valores diferentes a las vidas humanas y no humanas. Comprometerse con la compasión hacia los individuos vulnerables puede requerir valentía cuando se enfrentan arraigadas jerarquías antropocéntricas.

La relación humana con los equinos se ha basado durante mucho tiempo en la dominación y la opresión. En los primeros tiempos de la domesticación, los nómadas de élite del pastoreo usaron a los caballos para su migración hostil desde las estepas euroasiáticas, ya que invadieron zonas previamente pobladas por agricultores. Los caballos se utilizaron como vehículos de transporte y para alimentarse, y hay pruebas de que estos encuentros destruyeron varias comunidades en gran medida igualitarias y centradas en las mujeres. Estas invasiones a través de los continentes diezmaron las comunidades estables basadas en la agricultura, culminando en la dominación, la aniquilación, la esclavización y la evolución social de la servidumbre y los sistemas de clases.5 La cosificación de los equinos utilizados para la subordinación social ha influido en la historia de la humanidad quizá más que cualquier otra relación entre humanos y no humanos, pero el patrón de dominancia también se impone en la relación humana con el propio caballo.

Tal vez haya que definir si se trata de una relación de dominancia o de una relación de poder. Una relación de poder sólo puede ejercerse sobre un sujeto que es libre; es fluida y reversible, y existe la posibilidad de resistencia.6 Un individuo que no tiene capacidad de resistir o elegir, o en el que la resistencia es inútil, se encuentra en un estado de dominación. Se convierte en un objeto, un objeto al que se le puede hacer algo. Clare Palmer lo resume así:

«…aunque los animales pueden considerarse individuos que reaccionan en un sentido foucaultiano, cuando los humanos los colocan en situaciones o entornos en los que no es posible ninguna reacción o respuesta por su parte, se les trata como cosas, aunque… podrían haber sido tratados como seres que reaccionan».7

El caballo se ha convertido en un instrumento de trabajo, una mercancía. Pero también lo vemos como amigo, compañero, maestro, alma gemela, socio. El problema que nos planteamos hoy es cómo podemos calificar el estatus del caballo cuando hemos creado una continuidad o continuum que lo sitúa entre esclavo y alma gemela. ¿En qué punto de este continuum elegiría estar el caballo si se le ofreciera la posibilidad de elegir?

El vínculo entre caballos y humanos es complejo y cada relación es probablemente única. Algunos vínculos son mutuamente beneficiosos, con una profunda comprensión de las necesidades y deseos del otro. Aquí vemos la relación humano-equino en su mejor momento; sea cual sea su objetivo, la salud de la relación se sitúa en primer lugar. Se reconoce y se tiene en cuenta la capacidad de acción y el carácter propio del caballo, y se establece una comunicación abierta que permite dar y recibir en la conversación. No obstante, habrá un estatus de poder; pedimos al caballo que cumpla unos criterios que quizá no haya elegido antes de que se lo pidiéramos. Pero la elección es la clave.

En una conversación abierta podemos escuchar sus necesidades y deseos, y ofrecerles orientación para que puedan comprender con confianza y voluntad: estamos escuchando sus expresiones como seres autónomos. Si aceptamos que el caballo posee las cualidades inherentes de la sensibilidad, la autonomía, la conciencia, la autoconciencia y la conciencia de los demás, entonces debe merecer nuestro respeto y consideración moral por lo que es como individuo. El caballo posee su propia vida interior emocional y mental, que abarca parámetros diferentes a los nuestros, pero con muchas similitudes. Cuando comprendamos mejor cómo interactúan en el mundo, podremos empatizar mejor con su punto de vista.

«Vi en lo más profundo de los ojos de los animales el alma humana que me miraba».8

Henry Salt fue un defensor de los animales a principios del siglo XX. Reconoció entonces la necesidad de mirar más allá de la encarnación física si queremos comprender realmente la naturaleza de los otros no humanos. Como humanos, nuestro papel es aprender más de los animales sobre los que nos preguntamos y generar formas de trabajo que sean cómodas para ellos. De lo contrario, estamos utilizando la dominación, por muy sutil que nos parezca.

Cambiar los paradigmas

Para poner en primer plano la defensa de los equinos, tenemos que encontrar el valor para evaluarnos a nosotros mismos y la compasión para aceptar lo que descubrimos. Somos responsables del bienestar del caballo como individuos y colectivamente como industria; teniendo en cuenta la historia del Lanzador de Estrellas, cada vez que abogamos por una ética centrada en el caballo, las oleadas de la defensa aumentan.  Tal vez haya llegado el momento de reunirse para debatir sobre la acción interdisciplinar y plantear las cuestiones relativas al bienestar equino y más allá. Los acontecimientos en torno al pentatlón moderno han catalizado una necesidad urgente de evaluar cómo consideramos a los equinos en una época en la que la ciencia nos ha mostrado similitudes en las capacidades emocionales entre las especies, incluso hasta el ámbito de la empatía interespecífica. A pesar de la actualización de los Cinco Dominios,9 que va mucho más allá que las orientaciones anteriores en el establecimiento de un modelo de bienestar, lamentablemente parece haber una brecha cada vez mayor entre esos resultados y la práctica real. La aplicación de un cambio en la legislación y las orientaciones sobre el bienestar va en parte encaminada a mejorar el bienestar, pero ¿cómo puede generalizarse si no reconocemos las bases fundamentales? El modelo de bienestar se basa en un paradigma instrumentalista o de «hacer para», y deja de lado la autonomía y el ser inherentes al individuo. Pasar del simple bienestar al reconocimiento de la capacidad de acción de los animales no humanos supone un cambio de paradigma que incluye la consideración del yo intrínseco. «En lugar de tratar a los animales como mejor nos parezca, podríamos intentar preguntarles qué quieren».10

Por el amor que sentimos por nuestros caballos, quizás ahora más que nunca necesitan que aboguemos por ellos. Sean cuales sean nuestros objetivos, cada uno de nosotros tiene la responsabilidad individual de aprender el lenguaje del caballo si queremos entender sus necesidades desde su punto de vista. Si tenemos la suerte de trabajar o estar cerca de los caballos, sabemos lo sensibles y comunicativos que son; pero ¿reconocemos siempre las señales de dolor o angustia, o si el caballo se está adaptando y afrontando con éxito nuestras expectativas sobre él? Como individuos y como industria, podemos sensibilizarnos en nombre del caballo para contrarrestar la información errónea de la prensa y la percepción pública. «El reconocimiento del otro cambia el enfoque del paradigma del tratamiento a un paradigma de la escucha» (ibid). Cómo tratamos al otro es importante, pero escuchar con autenticidad es esencial si queremos emprender el cambio necesario para generar una relación humano-equino basada en la ética.

Referencias

  1. Rees, L. (2017) Horses in company. Marlborough: JA Allen.
  2. Mech, L.D. (1999) ‘Alpha status, dominance and division of labour in wolf packs’, USGS Northern Prairie Wildlife Research Centre, 353.
  3. Jones, J.L. (2020) Horse brain, human brain. North Pomfret: Trafalgar Square.
  4. Elias, N. (1969) The civilizing process, Volume 1. The history of manners. Oxford: Blackwell.
  5. Nibert, D. (2013) Animal oppression and human violence: Domesecration, capitalism, and global conflict Chichester: Columbia University Press.
  6. Foucault, M. (2000) ‘The subject and power’, in Faubion, J. (ed), Power (Essential works of Foucault 1954-1984 Volume 3), New York: New Press.
  7. Palmer, C. (2001) ‘‘Taming the wild profusion of things?’ A study of Foucault, power, and human/animal relationships’, Environmental Ethics, 23, pp. 339-358.
  8. Salt, H.S. (1894) Animals’ rights: Considered in relation to social progress. New York: Macmillan & Co.
  9. Mellor, D.J. et al. (2020) ‘The 2020 five domains model: Including human-animal interactions in assessments of animal welfare’, Animals, 10: 1870.
  10. Rowlands, M. (2019) Can animals be persons. New York, NY: Oxford University Press.

Irene ha tenido la suerte de convivir con caballos durante casi 50 años y nunca deja de sorprenderse por sus experiencias de observación y colaboración con ellos. Creció con las historias de sus padres, trabajando con caballos en una granja durante la Segunda Guerra Mundial, lo que despertó su interés por la ética de las relaciones con otros no humanos. Desde entonces, la relación entre humanos y no humanos le resulta compleja y fascinante. Cursa el segundo año de Antrozoología en la Universidad de Exeter y compagina su trabajo con los caballos con cursos de escritura y la tutoría en el proyecto de educación en línea «TheDoGenius», con un interés especial en los perros rescatados. Acoge a perros rumanos y a menudo se la puede encontrar explorando Exmoor con su propio perro rumano Walter.  

(Traducido por Pierinna Isis Tenchio)

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